Art Sherwyn sobre educar, la bondad y una vida establecida en Kern
Entrar al estudio de arte de Art Sherwyn en Bakersfield es como sumergirse en una vida profundamente amada. El cuarto está lleno sin sentirse abarrotado —cajones repletos de herramientas, pilas de bocetos, grandes cuadros recostados pacientemente contra las paredes. Nada es escenografía. Hay una calidez tranquila en el espacio, de esa que viene de años de volver al mismo lugar por las razones correctas.
“Estoy retirado desde 2011, pero sigo enseñando tenis en el Racquet Club” dice. “Necesito salir porque paso mucho tiempo solo. Los artistas, pasamos mucho tiempo solos y yo necesito mantenerme así.”
Él reconoce el riesgo del aislamiento: “Tienes que tener cuidado, porque cuando siempre estás solo y finalmente sales, puedes hablar demasiado.”
Esa mezcla de autoconciencia, humor y honestidad permea todo lo que hace Art Sherwyn. Su vida laboral —tanto en el salón de clases como en el estudio y más — ha sido moldeada por una creencia constante: preséntate, sé buena gente y dedica tiempo.
Sobre ser artista
“Me metí al arte casi por accidente”, dice. Se remonta a sus años de estudiante, antes de que las escuelas tuvieran el lenguaje o las herramientas para apoyar diferentes formas de aprender.“En ese entonces no sabían mucho sobre las dificultades de aprendizaje. Cuando lo descubrí, todo empezó a tener sentido”, afirma.
Como estudiante, la lectura no era lo suyo. “No podía recordar lo que leía. No sabía qué me pasaba y todos me decían que trabajara más duro.” Lo que sí le salía natural era el movimiento.“Lo único que siempre pude hacer fue golpear, atrapar y lanzar pelotas. Era atlético.”
Así entró la educación en su vida. Un trabajo de entrenador le abrió la puerta a la enseñanza y luego llegó una solicitud inesperada.
“Me preguntaron si podía enseñar artes y manualidades. No estaba entrenado… pero dije que sí.”
Sobre la enseñanza
“Nunca lo olvido. Le dije a mi compañero de cuarto: ‘Voy a ser muy amable con estos chicos. Al menos así no me van a reportar.’” Ese era el plan. Lo que pasó, en cambio, lo dejó sorprendido.
“Después de unas semanas de dar clase, los estudiantes se me acercaban y decían: ‘Oye, de verdad me gusta tu clase.’ Y yo pensaba: wow. No se daban cuenta que yo tampoco sabía mucho”, agrega.
Pero comprendió muy pronto lo que sucedía. “Vi el poder de ser buena gente. La amabilidad es probablemente más importante que el conocimiento. Claro, el mejor escenario es tener las dos”.
El salón de arte se convirtió en un gran espacio. “Los chicos querían estar ahí. Sin tarea, sin calificaciones, sin números.” Para los estudiantes que tenían dificultades en otras clases, eso era clave. En su salón la presión se suavizaba y la curiosidad tenía espacio para respirar.
Sobre la bondad
“Cuando entras a un salón de clases, puedes cambiarle el día a alguien”, afirma. Habla de moverse con tranquilidad por el aula, felicitando y animando a cada estudiante. Habla de chicos que eran acosados, que estaban tristes, que no tenían sentido de pertenencia.
Solía decirles: “El salón de arte es una hora, y en esta hora vas a ser increíble. En este cuarto vas a ser valorado.” Nunca creyó que su trabajo fuera convertir a cada estudiante en artista.
“¿Cuántos realmente van a convertirse en artistas?” se preguntaba, “Muy, muy pocos”. Luego afirma sencillamente: “Es obvio que no estás aquí para convertirlos en artistas. Estás aquí para usar el arte como forma de conectar… de conectar como ser humano.”
Ese principio lo acompañó más allá del Condado de Kern, a salones de conferencias en toda California, donde los maestros llenaban a reventar las salas para escuchar cómo trabajaba.
Sobre el humor y el fracaso
“Uno de los mayores problemas que tienen los maestros de arte son las brochas. Los chicos las echan a perder, y son caras.” Así que lo convirtió en una lección.
Un día, todos los estudiantes entraron y había globos negros por todo el salón. En la parte de atrás, un gran coche de Barbie cubierto con una franela gris llevaba las brochas dañadas a un funeral en el bote de basura.
“Hoy es un día solemne. Vamos a hacer un funeral por todas las brochas que ustedes mataron.” les dijo.
Algunos se rieron, entonces continuó:
“Durante toda su vida escolar —les dijo—, cada vez que el maestro sacaba los pinceles, ustedes se sentían felices”. Luego conectó con la historia del arte: “Leonardo usaba la misma brocha que usamos hoy. Monet la usaba así. Pollock así.”
“Eso humanizó las brochas”, afirmó Sherwyn . En pocas semanas, maestros en toda California estaban realizando sus propios funerales de brochas.
El fracaso nunca fue algo que esconder. “Fui terrible al principio”, refiriéndose a su propio arte. Era tan malo que sabía que lo era.” Pero igual siguió trabajando.
“Me fui de desmadre”, dice. “Hasta hoy, trabajo todos los días y noches… cuando trabajo en exteriores, en mi mejor día, soy 50% bueno.”
El consejo que da, según su experiencia: “Dedícale tiempo”. Aprende a dibujar. Tienes que meter horas y horas y horas.”
Sobre Disney y el reconocimiento nacional en 1995
“El mundo cambió para mí en Wasco en el ‘95,” afirma Sherwyn.
Ese año, fue nominado para el American Teacher Award, un premio nacional de enseñanza vinculado a Disney. Disney mandó un equipo a Wasco y filmó un documental de dos días en su salón. Se proyectó en Nickelodeon durante todo el año. De 60.000 maestros nominados, quedaron 60. Luego 36. Sherwyn fue uno de los tres maestros de arte premiados en 12 disciplinas.
“Fueron seis días de lujos. Washington, D.C., EPCOT Center. Gente famosa animándonos.” Se ríe cuando recuerda su traje. “Me vistieron con esmoquin. Yo no era un tipo de esmoquin.”
Y los premios no se hicieron esperar: Maestro de Arte del Año, de las secundarias de California, luego reconocimiento nacional. Pero Sherwyn se mantuvo precavido ante la atención excesiva. “Cuando ganas un premio, te gana más. Y cuando te llega demasiado, la gente empieza a dejar de quererte.”
Sobre Wasco
“Si no te importa el arte” dice, “entonces soy la persona equivocada para estar enseñando aquí.”
Lo supo en el preciso instante en que las palabras salieron de su boca. Enseñaba en Wasco Union High School, donde había desarrollado un programa reconocido a nivel nacional, pero cuando un nuevo administrador dejó claro que el arte ya no importaba, Sherwyn experimentó algo que no estaba en sus planes. “En ese momento supe”, hace una pausa… “caramba, mi carrera en Wasco terminó”.
“Perdí mi base, perdí dinero. Perdí 13 años de carrera”, dice. “Pero no podía trabajar para un hombre así”. Muchos pensaron que se había ido porque le ofrecieron un trabajo mejor pagado; la mayoría nunca supo la verdadera razón.
Cuando todo terminó, no hizo ningún anuncio. “No quería que nadie supiera que me iba”, comenta. “No quería llamar la atención”.
En su último día, cerró la puerta con llave y se fue sin hacer ruido. “No fui a las juntas de maestros ni a nada. Simplemente me subí al carro y manejé por la carretera 99… y pensé: ‘Vaya. Se acabó’”.
Un amigo de la prepa Stockdale lo buscó en el momento justo y el resto es historia. Sherwyn dio clases ahí durante un poco más de una década y se jubiló en la Stockdale High School.
Sobre el Condado de Kern
“Me gusta la paz del Condado de Kern”, dice. “Puedo ir a los ríos, encontrar tranquilidad y no tengo que andar lidiando con el tráfico”.
Ha pasado años defendiendo a Bakersfield de quienes lo menosprecian. “Creen que todos somos unos rancheros”, comenta. “No sé por qué la gente le tira tanto a Bakersfield. Aquí hay muchísima gente de primera”.
Para él, el tamaño de las cosas importa. “Me encanta la idea de estar en un estanque pequeño”, dice. “Cuando estás en un estanque chico, es más fácil ser un pez grande”. Y no lo dice por ego, sino por el impacto que puede tener. “Puedo marcar la diferencia a mi manera”, afirma.
Esa diferencia se nota cuando sus exalumnos lo detienen años después, cuando la gente recuerda cómo los hizo sentir en sus clases.
Sobre hacer arte hasta el final
“Simplemente disfruto un chingo hacer estas cosas. Todo lo demás es extra.”
No persigue galerías. No persigue atención. Pinta porque lo necesita. “Voy a hacer esto hasta el día antes de morirme. No puedo parar.”
A los 75 años, Sherwyn sigue siendo un trasnochador. Sigue experimentando, sigue practicando y sigue al pie del cañón.
Sobre la comida en Kern
“Prefiero ir a restaurantes que sirvan comida saludable”, dice Sherwyn. “En resumidas cuentas… hay un montón de lugares que no sirven nada sano. Si no es comida saludable, lo más seguro es que no vaya”.
Las comidas limpias y sencillas son lo que lo mantiene activo. El poke y el sushi son sus paradas de cajón, seguidas casi siempre de una rodada en bici o una sesión de natación cinco o seis veces por semana. “Estar sano es realmente importante”.
Sobre salir de la ciudad
“Cambria es el lugar; mi esposa y yo tenemos una casita ahí desde hace 20 años”, dice Sherwyn.
Pasa tiempo pintando en la costa, aunque no como la mayoría esperaría. “Cuando los artistas van a la costa, siempre pintan la arena, las rocas y los acantilados”, dice. “Me dije: ya fue suficiente de eso para mí”.
En cambio, mira hacia otro lado. “Empecé a pintar los estacionamientos. La playa está ahí mismito, pero yo estoy pintando el estacionamiento”.
Más allá de Cambria, habla de acampar en las Secuoyas, en Yosemite —antes de que fuera necesario hacer reserva—, en Kings Canyon y en el largo tramo de la carretera 395. “Me encanta ir a donde no hay gente”, dice. “He pasado muchísimas horas haciendo senderismo y pintando en Utah”.
Los hoteles no le llaman la atención. “Pagar 300 dólares por dormir seis horas no tiene sentido para mí”. Ha dormido en campamentos y en su carro. “Soy más de monte; esos hoteles grandotes te desconectan de todo lo demás”.
Consejos para hacer arte
“Practicar, practicar y practicar”, dice Sherwyn.
“Si de verdad quieres hacer arte en serio, te espera un aprendizaje de por vida lleno de retos fascinantes”, comenta. “Si quieres ser bueno, tienes que darle al arte casi a diario, ya sea dibujando, pintando, esculpiendo… lo que sea”.
“Tú tienes que ser tu mejor maestro”, afirma. “Y eso depende de cómo practiques, de las fuentes que elijas y de qué tan pesada sea tu ética de trabajo”.
No hay atajos. Solo constancia.
“A cambio”, dice, “el arte te regala un viaje de por vida en el que vas mejorando con los años, es un camino que le hace bien al alma y a la mente”.
Es el mismo consejo bajo el que ha vivido durante décadas: Hazte presente. Sé amable. Dedícale tiempo. Ten buen humor. Y sigue adelante. Mañana es otra oportunidad no solo para volver a intentar, sino también para intentar algo nuevo.
Para Art Sherwyn, el apoyo de la pareja es clave. “Jamás habría llegado a donde estoy como artista sin tener a la compañera ideal. Ella me dio el espacio necesario para dedicarle horas a mi crecimiento”, confiesa. “Los artistas necesitan mucho tiempo a solas; sin la pareja adecuada, te cortan las alas… yo de verdad tuve muchísima suerte”.
En el horizonte
Hay un libro en camino sobre las muchas formas en que el arte se conecta con el vivir y la vida misma. También hay exposiciones en puerta para Art Sherwyn esta primavera, incluyendo una muestra en Cambria que se inaugura el 7 de marzo y estará disponible durante dos meses.
Conoce más sobre Art Sherwyn. Para más historias de Kern Magazine como esta, visita Culture Corner.
Fuente original: https://kernmagazine.com/article/art-sherwyn-makes-life-livable/